El kiosco expropiado del tío Vicente

El kiosco expropiado del tío Vicente

Aquella mañana de 1968 el tío Vicente despertó. Su ceguera no le permitía ver qué ocurría, pero si escuchaba perfectamente que su negocio sería expropiado. En un pequeño rincón de la sala de la casa, con vista al portal y a la calle, Vicente tenía un kiosco. Vendía dulces, caramelos a 1 centavo, refrescos, frutas, comida enlatada… Sentado en su taburete mientras vendía a todo quien pasaba él se sentía útil, fuerte y capaz. Los niños de la cuadra le llamaban “el cieguito de azúcar”.

Aquella mañana lloró, no veía sus propias lágrimas pero se las sentía correr por su rostro arrugado de 70 años. ¡Le quitaban el kiosco! ¡Le quitaban cada partícula de su miserable feliz existencia!

No le conocí, pero mi abuela me contó que un año después murió de pena. Murió de desconsuelo al sentirse inservible.

Esa mañana también fueron expropiados a sus dueños todos los pequeños negocios, incluidos trabajos por cuenta propia. Empleados estatales dieron los buenos días a miles de modestos patronos y le entregaron los mandatos de expropiación. Todos los negocios privados de la pequeña burguesía, los artesanos y trabajadores independientes pasaron a ser propiedad estatal. En esta ola se desheredó todo: al dueño de un bar, al propietario de una segunda vivienda, al dueño de un cine, de una tienda de ropa, de una librería, de un puesto de verduras;  al propietario de una herrería o de un kiosco como Vicente; al carpintero y al mecánico poseedores de minúsculas cajas de herramientas, hasta al heredero de una máquina de chapear jardines.

La gran industria, la mayor parte de las tierras, el comercio exterior y mayorista y las finanzas eran propiedad del estado hacía años. La expropiación de los negocios de la clase media hacía del Estado el dueño absoluto de la economía cubana.

Aquella mañana fue gris, aunque seguro había un fuerte sol como de costumbre. Según algunos, se radicalizaban de este modo las transformaciones revolucionarias y se consolidaban las posiciones del Socialismo. Según otros, se trataba de un paso atrevido, no reflexionado suficientemente; uno de esos giros bruscos de la historia que los cubanos denominamos “bandazos”. Alguna prensa lejana llamó a este hecho: “acto de aventurerismo económico”. Voces más cercanas y ya conocidas, repetían que se trataba de una expropiación ilegal, del despojo de la propiedad realizado por el Estado a una clase social en nombre de otra; del cumplimiento de la profecía marxista: “los despojadores serán despojados”.

Después de ese día desapareció todo negocio particular por más pequeño que fuese. Ni siquiera quedaron maniceros, granizaderos ni limpiabotas; todos se esfumaron de las calles. La sabiduría técnica y práctica de artesanos manipuladores de hierro y de hacedores de marquetería y de albañilería fina: se perdió.

Mi pueblo cubano apoyó ese acto. Si alguien se quejó jamás se escuchó. Los perjudicados se largaron del país y el Estado con todo se quedó. Mi gente les dio poder y, tanto poder en manos de laboratoristas improvisando dirigir un país fue destructivamente devastador. Hoy paseo por La Habana y nada de lo que hubo queda: sólo fotos.

Me digo callado y me pregunto mil veces: ¿Qué sería de mi tío Vicente si esa mañana de 1968 nunca hubiese ocurrido?