Lo que no me dijiste

Lo que no me dijiste

Tenía que contarte muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar. Lo he retrasado mucho tiempo, lo sé. Diecinueve años han pasado, diecinueve años llevo esperando poder contarte algo que te hiciera arrepentirte por partir así de repente, sin decir adiós ni nada, sin un último consejo, sin una “última vez”…  No dejaré pasar más tiempo, temo que si lo hago cada vez tendré que agregar cosas peores al inventario.

Debes saber que por más surrealista que parezca, por más propio de una película de terror o un reporte de guerra, no estoy inventando nada. Lo que te cuento  hoy es la pura verdad.

Un año después de tu marcha a traición un tirano ganó la presidencia del país. Sí, uno de esos militares que se presentó como un mesías y terminó siendo tan dictador como ese contra el que tú conspirabas en los años 50.  Las cosas han degenerado hasta un punto que sé no conociste ni siquiera cuando vivías en aquel pueblo donde la pobreza unía casi tanto como la sangre. Al principio todo parecía muy bueno, el tipo proponía cambiar la Constitución –para luego saltársela cuando le diera la gana. Despotricaba de la corrupción y la oligarquía al tiempo que ofrecía patria, mucha patria. Sin embargo, mientras muchos salían del país (yo entre ellos) la mayoría pensaba que ese loco resentido no duraría mucho en el poder y tampoco llegaría a convertirnos en una segunda Cuba. El “no vale, no creo” era denominador común de muchas conversaciones sobre el futuro del país, y a los que “huíamos” nos miraban como a paranoicos víctimas del pesimismo y la exageración.

A ese régimen lo llamaron “Revolución Bolivariana” y con la excusa de hacer al país más “bolivariano” le cambiaron el nombre. Incluso los símbolos patrios no son como los conociste. Convirtieron el 4 de febrero en día festivo. Imagínate tú, celebrar una mortandad. Como de oligarquía el hombre sabía mucho, empezó a poner donde había a sus amigos y familiares, ofendía públicamente a su complaciente mujer y hasta intentó colarnos en la Constitución más de una trampa-jaula.

Estarás pensando que era imposible ser tan idiotas, pero con tristeza debo decirte que te equivocas. Supongo que por aquello de “verdugo no pide clemencia” el presidente golpista también recibió su dosis en el 2002. El golpe fracasó, pero siguen en la cárcel los funcionarios que se negaron a disparar contra las personas que apoyaban en las calles de Caracas la salida del tirano de Sabaneta. Expropió todo lo que le vino en gana (algunos cobraron, otros simplemente fueron despojados de sus pertenencias). La mayoría de las empresas expropiadas son una ruina que ostentan un lapidario logo que dice “Hecho en Socialismo”. Esto es como una de esas pesadillas donde todo es absurdo y desproporcionado, inclusive hemos tenido un Ministerio para la Suprema Felicidad.

Te preguntarás cómo es que podía permitirse tanto. Verás, el barril de petróleo se disparó a más de cien dólares y dio plata para muchas cosas, entre ellas, regalarle de todo a los gobiernos alcahuetes de los países simpatizantes, llenarse de joyas que desfilaba la familia presidencial sin el menor pudor, innumerables viajes a todo dar en aviones de lujo para hijos y demás enchufados del régimen, adquirir propiedades o abrir millonarias cuentas en el extranjero. El saqueo es incalculable y el descaro es  –como poco – indescriptible.

El canal donde solías ver las telenovelas o el juego de béisbol ya no existe. Al golpista presidente no le gustaba que un medio de comunicación privado hablara en su contra, así que no le renovó la concesión y un gentío se quedó en la calle al igual que los empleados de PDVSA que participaron en un paro petrolero en 2003. Otros medios fueron comprados casi (o sin casi) bajo amenaza de correr con la misma suerte. Algunos sobrevivientes redujeron sus páginas a falta de papel para imprimir como antes. Otros publican noticias que parecen salidas de la  Isla de la Fantasía (con enano y todo). Gran parte de los artistas de la tele fueron a parar a Miami donde trabajan hablando con “acento neutro” (como mexicanos).  Mientras, en el país se lucha contra la desinformación y la censura a través de algo llamado Internet, una especie de mundo paralelo que permite consultar dudas, estudiar, llamar por teléfono, trabajar, hacer amigos y enemigos, ver películas, comprar, etc., Para esto es indispensable tener una computadora, teléfono y, por supuesto, electricidad. También el país está corto de todo eso, pero se hace lo que se puede en medio del acoso por parte del régimen.

El golpista presidente estableció un control de cambio que favorecía a miles de enchufados y cada vez que su popularidad se veía amenazada, llenaba de línea blanca las casas de gente tan necesitada que a las pocas semanas vendía lavadoras para comprarse unas cajas de cerveza, pues más de uno se veía con artefacto pero sin tener agua corriente o electricidad para utilizarlo. Trabajar como tú hiciste y nos enseñaste pasó a ser cosa de tontos. Con el chavismo se convirtió en costumbre pedir mucho, aplaudir, consentir barbaridades y ponerse “rodilla en tierra” para obtener a una casa, una beca… No hacerlo significaba perder (además de la dignidad) la oportunidad de acceder a cualquier tipo de beneficio social.

Sí, ya sé que te parece vomitivo, pero esto no es nada. A estas alturas odiarías el rojo que tanto te gustaba, pues ese color es el símbolo de la tiranía que sigue en el país. Conociéndote, habrías liberado tu armario y en el mejor de los casos habrías metido todos tus vestidos en una caja esperando el día de poder ponértelos de nuevo sin sentir vergüenza. Por cierto, tu ropa está de moda, la llaman “vintage” y cuesta un dineral. Recuerdo cómo te reías cuando hacía fiesta en tu habitación probándomela. Como podrás imaginar, sigo usando todo lo que me regalaste.

Tu barrio ya no es sano como antes. Es un lugar peligroso donde el hampa hace de las suyas sin la menor piedad. Los portugueses e italianos que vivían cerca cerraron sus negocios y regresaron a sus países. El señor de la ferretería se fue al campo. Al cementerio no se puede ir a llevarte flores porque son muchas las probabilidades de terminar haciéndote compañía con un hueco en la frente. No se consiguen medicinas, el dinero no vale nada. Un kilo de azúcar cuesta lo mismo que tu casa cuando te fuiste. No, no es invento para que te asustes.

Ir al supermercado, comprar y pedir que te lleven todo a casa no es más que un lejano recuerdo. Es tan difícil conseguir alimentos que ni siquiera podrías prepararle a tus perros los guisos de casquería que hacías con tanto cariño para evitar aburrirlos con la Perrarina.  Ahora la gente busca comida en la basura, los ladrones someten a la policía, los atracos y secuestros se hacen con granadas, las muchachitas se prostituyen en camiones de plátanos y la luz se va a cada rato. Hasta lo más simple es un reflejo de la tragedia, por ejemplo: suspender un Caracas-Magallanes por falta de agua en el Universitario.

Como sé que no lo has visto pasar por ahí, te aviso que el golpista presidente murió hace años y Fidel se le unió hace un par de semanas. Sí, Fidel también. Lo malo es que ninguno de los dos pagó por sus crímenes, ambos dejaron a otros criminales como herederos (el nuestro, especialmente estúpido). Vivimos en una dictadura que estuvo incubando desde 1998 y cuya infección nos tiene peor que a los cubanos. Para ilustrarte el asunto,  es como si Cuba fuera Los Guayos y Venezuela fuera Aragüita.

Si estuvieras aquí vivirías con el dolor de ver a tu familia desparramarse, a tus hijos y nietos haciendo piruetas para conseguir algo que poner en la mesa. Verías a mucha gente querida flaca del hambre, a los negocios bajar la santamaría para siempre. Correrías el peligro de quedarte sin las medicinas que necesitabas. Con la sangre envenenada de ver tanta injusticia y miseria volverías a rebelarte contra el tirano de turno. No pongo en duda tu fortaleza, pero una dictadura por vida es más que suficiente.

No vayas a reclamarme por contarte tantas cosas horribles. De hecho, me quedo corta. Me encantaría hablarte sobre amores, estudios, bisnietos y demás. El problema es que cualquier historia bonita ha tenido que buscar luz entre la sombra del odio que creó el chavismo.  Una sombra que ha cruzado las fronteras escondida entre las maletas de todos los que hemos emigrado.

Algunas veces, de repente siento tu perfume alrededor. Cuando eso pasa, lo primero que hago es asomarme a ver si estás en el jardín regando las matas o en la cocina preparando cualquier cosa. Parezco un perro loco intentando encontrarte con el olfato. Te llamo pero no respondes. Alguna vez enciendo un cigarrillo y lo dejo en la ventana por si el antojo te supera y lo vienes a buscar. Cuando salgo, tengo cuidado de poner la cartera en el asiento de atrás del carro. Siempre me parece que vas de copiloto mirándome de reojo cuando hay basurita en la alfombra o sonriendo cuando subo el volumen y canto a todo pulmón. Sigo sin tomar café negro esperando volver a probar el tuyo. Son fantasías tontas en las que creo que regresas, fantasías que me ayudan a vivir… Pero, ¿quién querría regresar para ver este desastre?

Abuela, siempre supiste ver más allá que los demás. Y aunque no me alegra, me alivia que no estés viviendo todo esto. Me diste un millón de consejos, me enseñaste muchas cosas y siempre respondiste a todas mis preguntas. Sin embargo, nunca me dijiste cómo se hace para sobrevivir a una dictadura. La culpa es mía por no habértelo preguntado. Perdóname, pero no se me ocurrió nunca que podríamos terminar en manos de un grupo de narcotraficantes y asesinos.

Fotos:

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                                                                      @yedzenia